lunes, 30 de julio de 2012

Un simple corte de pelo... en Madrid


En mi último viaje a España, dos días antes de regresar a Lima y estando ya en Madrid, una mañana, al afeitarme noté en el espejo que un triste mechón de cabellos plateados caía sobre mí frente a manera de rizo; al pasarle el peine quedé como un ligero ventarrón al mejor estilo de Don Miguel A veces Gemía (o Aceves Mejía, algo así era el mariachi), así que antes de que la cosa empeorara y empezara a parecerme a la Tongolele, decidí hacerme un simple corte de cabello, aquí en Madrid, para llegar un poco decentemente a Lima.

Lo primero que hice fue entrevistar a los empleados del hotel y preguntarles dónde se cortaban el pelo, y me di el trabajo de apuntar bien las direcciones para no caer nunca en esos terribles centros experimentales peluqueriles en donde asesinos de la tijera han dejado a la mayoría de mis conocidos como muñecos de tren fantasma de alguna feria, ese que se avería y lo empuja un grupo de gente más aterradora que los propios muñecos.

Al día siguiente caminé unas veinte calles buscando un sitio decente y barato, en las direcciones que había apuntado, donde pudieran desrizarme, y así me puse a husmear dentro de varios antros “coiffures” unisexes donde mal habladas matronas y estilistas de sexo equivocado -posibles cero positivo- blandían con impunidad elementos punzo cortantes y accesorios espeluznantes de apariencia sadomasoquista. En una de estas peluquerías tiene que haberse inspirado El Gran Combo de Puerto Rico para poner la salsa “Yo soy el barbero loco...”

Luego de esta sorpresivamente extraña investigación, logré ubicar un local de mediano tamaño, en toda una esquina, de apariencia sobria y varonil, con aspecto de peluquería de las de antes, cuyo letrero rezaba: “Barber Shop”. No había más ad hot por el momento...
Ingresé con paso firme y seguro... para recular de inmediato al toparme con media docena de especimenes de esos que llaman “metrosexuales”, algo así como Silvestre Stallones pero con las trencitas de Pinnina y las cejas de Elizabeth Taylor... No pueden imaginar mi consternación ipso facto.

Se acercó atentamente un boricua (puertorriqueño) llamado Chez, joven estilista, sospechosamente flaco y demasiado amable para mi gusto, tanto que parecía una calavera coqueta recién sacada de su cripta.

Me invitó a tomar asiento en un sillón profesional a lo cual accedí sin poder evitar un ligero temblor en mis rodillas. Chez vestía como casi todos los muchachos de por aquí, es decir, con polos y camisas cuatro o cinco tallas más grandes que su deficitario cuerpo (a la mayoría los polos les cubren las rodillas). Me señaló a varios de sus clientes que estaban en plena tertulia y fue allí cuando lo miré fijamente a los ojos y le dije, con la mayor diplomacia que me fue posible, que si me dejaba como cualquiera de aquellos fallidos experimentos androgénicos, le iba a regalar media hora de patadas ahí por donde, al parecer, se divierte.

Luego de cerciorarme que había captado bien el mensaje, le dije que me cortara el pelo como Mel Gibson. Chez me contestó, haciendo uso de neurona más saludable, que Mel Gibson no era peluquero sino artista de cine... así que ya empezamos a comunicarnos en ese nivel de ondas cerebrales Gamma, que entienden cuando les da la gamma, y no tuve más opción que dejar mi delicada cabellera en sus tatuadas manos, confiado en su inspiración profesional.

Cuando me percaté que dicha inspiración andaba por caminos entre el rococó barroco y las máscaras de la Tragedia y la Comedia, y antes de quedar como un Pedro Picapiedra gay, preferí asegurar la cosa y le pedí que me hiciera un corte militar, pero sin surcos en forma de zetas, ni canales africanos, ni peladas a lo “Mister T”, como es por aquí la usanza de la mayoría de sus clientes color teléfono antiguo de bakelita.

Parece que le molestó la cosa, no sólo por el fuerte aleteo de sus pestañas azules sino porque me dejó como Steve Mc Queen pero en la película “Papillon” justo cuando salía del pantano de la prisión de Cayena, mojado y perseguido por un cocodrilo...

Al reclamarle me dijo muy seguro de sí mismo que el corte estaba “regio”, lo que estaba torcido era mi rostro... Pensé que quizás tenía razón, después de tantas muecas que tengo que hacer a diario para que estos atorrantes de madrileños con su hablar “castizo”, entiendan mi elegante español.
Salí a la calle sin mirar atrás y poniendo cara de malevo, para que nadie se me prenda, pero me parece que aquí todo el mundo andaba como le daba la gana y que a casi nadie le importa nada; además la mayoría estaba peor que yo, lo cual me obliga a darle la razón a aquel que decía que Spielberg y Lukas no tienen mucha imaginación, sólo se suben al Metro de Madrid y allí encuentran a todos sus personajes...

Acá, en Madrid, la moda se polariza entre unos peinados trenzados a lo Bob Marley (seguramente con los 7 piojos que le encontraron en la autopsia) y unas cabezas rapadas, no sé si con run-run o con máquina de pelar naranjas o quizá con algún objeto de tortura nazi.

Contra todos los pronósticos mi corte le pareció adecuado al elemento femenino y nadie se atrevió a burlarse, pero he tenido que dejar de usar mi camiseta blanca para que no me sigan preguntando si compartí la celda con el Dr. Hannibal Lecter...

José Luis López Marcos.

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